"En el proyecto Biblioteca ilegible de libros fantasma, de Catalina Jaramillo, el contenido legitima el contenedor. Su Biblioteca se constituye como una aparición real. Los libros fantasma aparecen dentro de la literatura, pero únicamente allí; son palabras a las que no podemos acceder. Pero a pesar de que no existen, sí tienen vida. Construir una biblioteca de libros que existen en la literatura es también dar cuenta de quién elabora esa colección. Se siembra la duda sobre su veracidad aunque sobre la palabra escrita todavía nos cuesta trabajo descreer. Esto, porque se supone que la escritura es aliada de la memoria. Cuando se inventa y difunde la imprenta, “los libros, que Borges llama ‘simulacros de memoria’, se vuelven accesibles para la generalidad. Desde entonces la memoria cultural está materialmente presente en muchas bibliotecas públicas y privadas, y si ahora hay muchas cosas que ya no es necesario aprender de memoria, se sabe, a cambio, dónde pueden ser encontradas fácilmente” (Weinrich 1999: 132). Pero si se trata de bibliotecas que no existen, ¿qué memoria cultural pueden albergar? Si no existen, ¿no tenemos nada qué recordar ni olvidar?"

(Extracto del texto curatorial de María Soledad García y Cristina Lleras)