Un bebé con cara de hombre, un hombre del tamaño de un bebé, caballitos desobedientes, féretros en miniatura, el terror al final de una escalera. Pequeñas historias que bien podrían continuar para convertirse en grandes eventos, como la vida misma. Otras veces demasiado simples, tan comunes que desaparecen dejando una sola palabra en el aire, lugares donde transita el sin sentido. Así transcurren las noches buenas, las de los sueños, que cada vez son más espaciadas. En medio del reproche por el escaso dormir, el soñar se ha convertido en el premio por conseguirlo y el sueño se presenta siempre acompañado por un ejercicio mecánico que se repite hasta el cansancio.